UN VERDADERO AMIGO QUE NO ME HABLA, LADRA.
Cuando se encuentra a
un verdadero amigo, se sabe que el destino unió sus caminos para siempre.
Eso me paso a mí. Cuando yo
estaba en mis veintes estudiando en Monterrey, de pronto mi vida comenzó a
perder sentido, las fiestas no me divertían, la vida no me generaba mucho
interés en general, incluso comencé a dejar de hablar con la gente, me estaba
aislando, me estaba
perdiendo en mi
soledad, pero de pronto un domingo cualquiera tuve
un impulso, un impulso fuerte, lo poco de
dinero
que tenía para sobrevivir en mi
época de estudiante lo iba a usar para comprarme un perro. El presupuesto era
bajísimo pero esperaba que me alcanzara, no pensé mucho en lo que iba a
representar eso, solo tomé el auto y me fui a carretera nacional, comencé a
manejar y en cuanto vi labradores me detuve a preguntar. Mi idea era conseguir
un perrito por unos 300 pesos que se pareciera a los labradores o Golden
retrievers que habíamos tenido con mis tías en Aguascalientes, pero cuando
llegue a preguntar
resulta que costaban
400 y que los labradores que les quedaban eran negros, yo recuerdo
que pregunte por los machos, solo quedaban
dos; metieron la mano a una caja y me pasaron a uno, era un gordito con carita
tierna que me miraba todavía
con algo de
temor pues no entendía que estaba pasando, yo lo tome en mis manos, le hice un
par de cariños e intente negociar el precio, me dijeron que el precio ya estaba
fijo, para mí en esa época cien pesos eran un par de días de comer, pero con mi
nuevo amigo en la mano, no me quedo de otra más que sonreír y pensar que el
dinero no vale nada, pague los 400 y me lo lleve en una cajita. Durante el
camino se la paso llorando, yo cada que podía desviar la mirada de la carretera
le hacía caricias y le
hablaba.
Yo tenía varios posibles nombres para cuando
tuviera un perro, pero al ver
su color
negro y sus ojitos, se me vino a la mente el nombre de Bob, por Bob Marley, le
quedaba perfecto, no había que buscar más. Recuerdo que llegue a mi casa y
hable con mis papás para platicarles que había un nuevo integrante la familia,
me dijeron que como le iba a hacer que era una responsabilidad, pero a mí no me
importaba.
Esa tarde con lo poco de dinero
que me sobró fui y le compre sus croquetas pero era tan pequeño que no podía
comer, yo le tenía que remojar croqueta por croqueta en agua o en leche y
dárselas en la boca, recuerdo que la primer noche no durmió se la paso llorando
y yo al lado de él acariciándolo. Con el
paso de los días se fue acostumbrando y a mí me fue volviendo poco a poco la
alegría de vivir.
De pronto yo ya iba a mis clases
y esperaba con ansia la hora de salida para regresar a la casa, para ver que
travesuras había hecho el Bob, de pronto se convirtió en mi amigo inseparable,
lo llevaba a todos lados, incluso lo llevaba a las fiestas con mis amigos, en
cuanto pude le compre un collar y lo sacaba a pasear con un cinto de tela pues
no tenía correa, y esa actividad de salir a pasear paso a convertirse en una rutina
que nos daba mucha felicidad a los dos.
No teníamos mucho dinero, teníamos que comer lo más barato, pero a
ninguno de los dos nos importaba, los dos éramos felices con lo que teníamos,
los dos éramos felices con nuestra simple presencia.
El Bob desde pequeño se hizo nómada
pues me acompañaba en mis viajes cada que iba a Aguascalientes en el auto, casi
siempre iba más gente en el auto, pero nos llegó a tocar viajar solos a los
dos. El Bob se acostumbró a viajar, se
portaba bien. Nos tocó vivir en varios departamentos, lo tuve que llevar de
inquilino a casa de mi primo por un tiempo, luego en casas con patio de
cemento, en otras con pasto, en las vacaciones lo dejaba en las casa de mis
tía, donde varias veces se peleó con los perros de mis tías, otras cuantas
destrozo cosas, hubo un día que en un par de horas de soledad convirtió una
pila de periódicos en confeti puro.
Como lo decía, siempre nos gustó salir a caminar juntos y
por ende tenemos muchas anécdotas, varias veces que me hizo quedar mal, varias
veces que salió disparado a corretear gatos, gente a la que le ladró y asusto,
gente a la que uso sus puertas como baño y que no les gusto. Al final el Bob se
instaló en casa de mis papás, al igual que yo, primero en la casa de Jardines
donde no había jardín pero el Bob hizo de la cochera su espacio para el día, y
el terreno donde guardábamos los coches su espacio de noche, yo lo trataba de
sacar todos los días, caminábamos hasta el parque héroes, pasando siempre por
el teatro Aguascalientes. De repente lo llevaba a subir el cerro del Picacho, y
cuando salíamos de vacaciones se los encargaba a mis tías, quienes siempre me
lo cuidaban y a Florecita quien siempre fue mi veterinaria de confianza.
Al final ya cuando Bob se empezó
a hacer viejo le tocó irse a la nueva casa de mis papás done el Bob era el rey
y señor de un enorme patio, el cual cuidaba tanto como la casa, y cualquier
ruido era detectado y avisado a través de sus ladridos. Allá yo lo seguía
sacando seguido, pero allá el paseo era bordeando el río San Pedro, cuando llovía y el río llevaba un
poco de agua al Bob le encantaba meterse.
De Bob me despedí un par de veces
cuando me fui a Irlanda y siempre que volvía se emocionaba, una vez se puso a correr en círculos como
loco, y cuando termino se acercó a mí para que lo acariciaría. Bob siempre le
gusto llamar la atención con chillidos molestos y con ladridos aun peor de molestos, pero a mí nunca me
molestaron, al contrario creo que los dos aprendimos a entendernos sin tener la
necesidad de decirnos nada, él y yo sabíamos cuando uno de los dos estaba triste, feliz, molesto,
enojado. En mi casa todos querían al Bob, mis hermanos lo sacaban a pasear cada
que podían y jugaban con él, mi mamá siempre lo consintió, lo cepillaba y lo
consentía con comida, y a mi papá le gustaba sentir la compañía del Bob, le gustaba
sentarse en su escritorio y dejar que el Bob se echara allí con él.
También al final le toco compartir con más perros su
espacio, primero con Chispita quien sufrió un accidente y falleció,
posteriormente con la Tusita y finalmente con Rita la loca, pero con ellas
siempre fue tranquilo, no les daba mucha
importancia y mientras a él no lo molestaran, el no molestaba a nadie.
Ahora que salí a viajar el Bob se
quedó allá, ya con mucha edad comenzando
a batallar con sus patas traseras, pero todavía con mucha actitud y alegría,
ahora cuando después de un año y nueve meses mi mamá me aviso que él estaba
enfermito, que un día no se pudo levantar y se desesperaba bastante para poder
salir a hacer del baño, me asusté mucho, mi mejor amigo, mi fiel compañero esta
viejito y parecía estar enfermo, afortunadamente lo llevaron al veterinario, le
detectaron problemas en la columna, pero le dieron medicamente y
afortunadamente le hizo mucho bien, y ahora anda allí todo chuequieto pero
todavía con mucha actitud y ganas de seguir siendo el perro guardián de la
casa.
Las medicinas el ayudaron pero
solo por un tiempo muy breve, pero así fue mejor, pues no sufrió mucho, me
duele no haber podido despedirme de él cara a cara, pero yo se que el sabe lo que significaba para mi. Sus últimos
momentos el los paso siendo cuidado y rodeado de cariño gracias a mi familia, a
mis papás que son un par de amores, a mis hermanos que estoy seguro siempre le
brindaron el cariño que se merecía, a mi Florecita que siempre se mantenía al
tanto de la salud del Bob, y a toda la familia
que estoy seguro que siempre le brindaban un toque de cariño.
Nunca voy a olvidar lo que el Bob
me hizo sentir desde los primeros días y hasta los últimos, nunca voy a dejar de tener esa conexión que
tenía con él, nunca voy a dejar de tener ganas de verlo y de jugar con él.
(Mi Bob si puedes tú con Dios
hablar, pregúntale si yo alguna vez te he dejado de adorar).